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Para él La Casita sólo se trata de sexo. Sonríe con malicia. Mira, yo no sé qué sea, si joto, bisexual o qué y no me importa. Y no creas que le fallo a mi mujer, yo la amo y le doy lo que ella necesita y a mis hijos también.

Esto es para mí. Se para contra alguno de los muros de lo que pudiéramos calificar de lóbregos corredores de la casa. No hay mucho que hacer ni qué señalizar: Coloca ahí a su contraparte en turno. Claro, si hemos traído el sol, la palabra y las reglas, la no pedida mención a la santa prudencia de salud sexual debe venir con la letanía.

Dijo que tenía 42 años.

La Casita de Insurgentes

Lleva unos cinco años visitando con frecuencia La Casita. O sea, sí, lo que todo el mundo. Y lo peor es que sales sintiéndote peor que como entraste. Ay, no sé. Había veces que al salir de ahí me subía al coche y mejor me ponía a cantar o a pensar en el trabajo o en otra cosa porque si pensaba en que acababa de estar en ese lugar me ponía a llorar… De todas formas al siguiente fin ahí estaba de nuevo de pendeja.

Yo me ponía muy mal.

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Yo soy de los que llevaba el vestido de novia en el coche por si encontraba al amor de mi vida en el cuarto oscuro del Toms bar en Insurgentes. Ya sé que si uno no encuentra al amor de su vida en el antro, menos lo va a encontrar en La Casita. Pero pues así es una, tonta y calenturienta. Eso era lo que me pasaba en La Casita, yo sabía que no iba a encontrar ahí lo que buscaba. Todos los días sabía que ahí no era. Todo el tiempo me daba repulsión siquiera pensar en ese lugar. Bueno, no te creas, yo era bien portado. Bueno, una vez sí con dos, pero leve.

Otra vez, analizando quién me gustaba y a ver si yo le gustaba. Y pus ya, ahí no pasaba de algo superleve y con eso me deprimía mucho y me iba. Yo no quería que nadie se enterara. Bueno, no son pesadillas, porque no me despertaba todo asustado y agitado. Me asustaba por lo que soñaba: Todos idénticos, flaquitos, como hechos de plastilina, apenas veía cientos de siluetas y yo sólo quería entrar pero había una parte de mí que sabía que no debía.

Y en eso siempre me despertaba y me asustaba mucho. Yo creo que sí me hacía daño como en el alma, o sea, no volvería. Vamos, que ni creas que ha sido un esfuerzo. Claro, antes también me repetía a mí mismo que no volvería y caía. Pero después no sé, si vuelvo a estar soltero, no sé si La Casita siga existiendo. A lo mejor un día otra vez me agarra el morbo y tal vez por nostalgia me doy una vuelta. Pero creo que ese lugar no puede seguir durando o no así, como estaba cuando yo iba.

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El mundo ya cambió. México ya cambió. Ahora hay saunas como en Europa y los gays ya no estamos tan locas como antes… creo. O sea, fui una vez, con unos amigos. Ya sabes, todas las jotitas ahí, con nuestra toalla, riéndonos como tontas y criticando al que ya se perdió por ahí. Es un lugar bien , nada que ver con La Casita. En cambio, si nos topamos en el Sodome, es como cualquier antro, donde te sientes juzgado por todos.

En los otros lugares tienes que demostrar algo siempre, en La Casita le abren la puerta a cualquier pendejo. Nadie puede presumir de nada si entró a La Casita. Para algunos no hay mejor forma de celebrar la vida que celebrando la muerte. Mexbugchaser puso un anuncio clasificado donde exponía su deseo de vivir su conversión una madrugada del 1 de enero de en La Casita de Insurgentes.

Esa madrugada de fiesta todo concurre en La Casita. Al entrar a uno de los cuartos se observa un semicírculo silencioso de hombres amontonados contra una pared. Se escuchan gemidos. Todos concentran su atención en la acción que ocurre en el centro de esa masa. Quién sabe. Escenas similares se repiten en diferentes puntos de la casa.

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En otro rincón se observa a una tercia de cuerpos que frotan, rozan y besan entre sí. Entre ellos resalta una cabeza que aspira un pequeño frasquito de poppers. Dicen que los mismos dependientes de La Casita la venden, junto con condones. En los cuartos entran algunas personas que buscan orientarse u observar con la luz que emiten sus teléfonos celulares. Inmediatamente se escucha: Por cada dos o tres voyeuristas hay por lo menos un exhibicionista. El intercambio de roles no sería raro. Otros sostienen una conversación a un volumen muy bajo en el sillón de uno de los dos cuartos donde una vieja televisión transmite, en una muy mala calidad y con el brillo altísimo, una repetida película porno.

En una noche como esas Alberto 5 se infectó con el VIH. Se jactaba de conocerlos todos: Confiesa un par de años después que no sabe qué fue lo que se apoderó de él, pero estaba muy alcoholizado.


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En uno de esos cuartos, sin saber quién fue, consintió ser penetrado sin protección alguna. No quiere hablar mucho del tema. La sensación de anomia es la atracción que La Casita ofrece. Adentro se llega a lograr a veces la inexistencia de las clases sociales, los roles, las homofobias y los preceptos de cualquier tipo. Todo se trata del cuerpo masculino. De un cuerpo genérico, sin estética, sólo con sensaciones. En ese mundo al revés, tal vez no es tanto la decisión de tomar un riesgo a contagiarse, sino que en ese abandono hasta el riesgo es bienvenido en una entregada celebración del cuerpo a la vida.

Como si la experiencia de ir a un sex club sea la misma que la de La Casita cuando claramente sus visitantes expresan reiteradamente que no es lo mismo.